La Vanguardia, artículo Jaume V.Aroca: "LOS HIJOS DEL LADRILLO ¿Una generación perdida?"

30 Marzo 2009

Formados en el periodo más largo de crecimiento, se enfrentan a un cambio en el que pueden perder mucho o alcanzar la prosperidad de sus predecesores

LOS HIJOS DEL LADRILLO ¿Una generación perdida?

JAUME V. AROCA – Barcelona
Con un pie en el avión que le lleva a Kochi, en el estado indio de Kerala, donde acaba de abrir una filial de su propia compañía, Sitmobile, Marc Bonavia (33 años) escribe un e-mail a La Vanguardia. “Me pregunto qué hemos estado haciendo distraídos tanto tiempo. Tal vez hemos tenido demasiadas tentaciones especulativas”. Marc escribe sobre su propia generación persuadido de que el impulso de sus coetáneos, la generación beta, como él la llama – siempre a prueba-,corre el riesgo de perderse lastrada por la crisis.

PRIMERA CAUSA En posiciones extremas, universitarios y fracaso escolar Ellos son los que se han educado en la bondad de los tres lustros de crecimiento continuado de la economía española. Un contingente, entre los veinte y los treinta y cinco años, que abarca una décima parte de la población española. En teoría son los más preparados para afrontar el mundo global y el mundo digital en el que han construido su propia identidad.

Esta es una “generación de extremos”, advierte Jordi Guiu, sociólogo de la Universitat Pompeu Fabra que evalúa el éxito de sus promociones universitarias. Nunca ha habido tantos titulados en España pero tampoco ha habido índices más altos de abandono escolar.

El resultado de esta mixtura contrapuesta es que la población activa joven – entre 16 y 29 años-que está en en paro en España alcanza ya el 22%, ocho puntos por encima de la media. El currículum de la mayor parte de los que ahora se sientan en el banquillo del Inem pasa por un salto anticipado de las escuelas a los sectores más activos en los últimos años: los servicios y la construcción. Atraídos por la versión más pedestre de la tentación especulativa. “Ahora, su regreso a la escuela – advierte Guiu-será realmente difícil”. En este contexto, la colisión entre esta fuerza de trabajo desclasificada y las generaciones de inmigrantes que van a competir por el mismo mercado laboral es uno de los escenarios más temidos por muchos alcaldes de las ciudades del área metropolitana.

SEGUNDA CAUSA La precariedad a cuenta de las generaciones anteriores Pero las dificultades no son exclusivas de los no universitarios de esta generación. Pilar Díaz (31 años) es informática. O lo era hasta que decidió dejar el taller de arquitectura para el que trabajaba como autónoma para tomarse la vida con calma. Ahora produce pequeñas joyas de objetos reciclados que vende en las tiendas del Born de Barcelona. Una vida modesta fuera de la ciudad. Un modelo distinto del de Marc Bonavia, nuestro joven empresario de misión en India, aunque en el fondo tienen algo en común, la autodeterminación: “Me harté de trabajar a destajo – dice Pilar-por un sueldo miserable para unos tipos que ganaban diez veces lo que yo. Llegó un momento en que me sentía idiota. Renuncié”.

Pilar ilustra una perspectiva de la que se habla poco públicamente, aunque es habitual hallar en la red foros colonizados por esta generación donde se aborda abiertamente el problema. Es lo que Josep Maria Romero, secretario de formación de Comisiones Obreras, formado en Esade y coetáneo, llama la “externalización generacional”. Su tesis es que, en buena medida, estas promociones de profesionales universitarios sostienen la pujanza de sus predecesores a cuenta de sus propias condiciones laborales y salariales, donde la doble escala y la precariedad son la norma.

“Los currículum profesionales de muchos de mis compañeros – advierte otra coetánea, la secretaria de política institucional de la UGT catalana, socióloga de formación, Eva Granados-son anormales. Trayectorias donde abundan largos historiales de autoempleo encubierto y contratos a precario. Y no hay que olvidar – apostilla-que el 70% de los que ahora están en el paro responden a ese perfil laboral. Gente que se ha quedado en paro gratis, de un día para otro”. Sin embargo, Eva puntualiza a su colega sindical: “No se trata de poner en cuestión los derechos laborales de las generaciones anteriores, sino de preservar esos derechos para las del futuro”. Una tarea en la que, precisamente, las generaciones precedentes no han sido muy solidarias.

TERCERA CAUSA Crisis postindustriales, víctimas interclasistas Las crisis siempre se han cebado en las generaciones jóvenes. En el relato de la dura reconversión industrial española de los años ochenta, con índices de paro juvenil que alcanzaba hasta el 40% en algunos barrios del área metropolitana, casi siempre se olvida el aterrador número de jóvenes que sucumbieron a las drogas. Es la contracrónica de la cultura del pelotazo que marcó la salida del agujero.

Japón arrastra todavía la generación disuelta tras la crisis inmobiliaria que estalló en los años noventa. Y otro tanto ocurrió en Estado Unidos. Pero cada una de ellas – como describía The New York Times en la serie Downsizing América en los años noventa-ha ido acreditando el carácter interclasista de las víctimas de las crisis postindustriales. Los trabajadores de cuello blanco no están a salvo.

CUARTA CAUSA Las enormes hipotecas de la vida líquida Esta generación es la hija del éxito obrero. El ascensor social funcionó para sus progenitores y, en los últimos años, parecía que todavía iba a subir algunas plantas más para colocar a la descendencia en la cima de las tasas de desarrollo europeo. Las expectativas suscitadas por un largo periodo de expansión económica y la disponibilidad del mercado financiero han puesto al alcance de algunos de estos jóvenes la superación económica de sus predecesores incluso en un escenario laboral inestable. Hasta que la crisis ha desencajado el ascensor. “Algunos deberán reconocer ahora – advierte Eva Granados-que son trabajadores asalariados como lo fueron sus padres”. Un término que, un tiempo atrás, no habrían reconocido como propio.

El deterioro del capital social, el efecto de la “vida líquida” descrita por Sigmund Bauman, tal vez tenga mucho que ver con la desafección hacia lo colectivo – al menos en los términos tradicionales que emplearon sus padres y abuelos-que ha caracterizado a esta generación. ¿Quien liderará su malestar? Raimon Ribera, un profesor de Esade (autor del artículo que acompaña esta página) que pese a todo es un firme defensor de esta generación en la que reconoce una enorme capacidad innovadora, admite sin embargo que hoy por hoy “es difícil ver organizaciones capaces de construir nuevos valores”. La crisis puede activar la respuesta.

QUINTA CAUSA Tomar la iniciativa, una asignatura aún pendiente Àngels Serrat es la responsable de los programas de orientación de la Associació d´Amics, una sociedad mixta en la que participan conjuntamente las empresas y la Universitat Politècnica de Catalunya. Desde esta posición constata que los efectos de la crisis no son iguales para todos. “Si antes los estudiantes tardaban unas semanas en colocarse, ahora pueden tardar unos meses, pero, en general, con la salvedad de las especialidades de arquitectura, todos se colocan”. Serrat constata que la mayoría de los estudiantes que salen de la UPC lo hacen para ir a trabajar en empresas. “Pocos estudiantes crean sus propias compañías”.

Hasta ahora ha sido así. Salvador Duarte, el presidente de la Confederación de Autónomos de Catalunya, otro joven coetáneo de la generación beta, cree que el autoempleo es una de las vías de escape que buscarán los jóvenes para crear su propio escenario laboral ajeno a la competencia generacional. De hecho, subraya, “en los últimos meses el servicio de orientación laboral de la Generalitat se harta de responder a consultas de trabajadores jóvenes que quieren ponerse a trabajar por cuenta propia. Sin embargo, la mayor parte de estas iniciativas no se traduce en nuevas altas. El problema – sostiene-es la dificultad para encontrar dinero para financiar los proyectos”.

El nivel de autoempleo de los jóvenes españoles se halla por debajo de la media europea. Es el resultado de lo que Marc Bonavia describe como “el síndrome del funcionario del sector público o también del privado”. El sueño de la estabilidad que tuvieron sus padres. Tal vez ha llegado la hora de despertar en muchos sentidos. Aunque sólo sea para negar este diagnóstico generacional.

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